11 julio 2017

Elogio de la democracia

Alberto Pérez de Vargas
Europa Sur

En los sistemas de cualquier índole; físicos, biológicos o sociales; interesa especialmente la capacidad de autorregulación. Hubo un tiempo que me interesé por la Teoría General de Sistemas, formalmente introducida por el pensador austriaco (Karl) Ludwig von Bertalanffy, en los años sesenta del pasado siglo. 

Ha dado mucho de sí el asunto, pero sin ir sensiblemente más allá del marco teórico. Sin embargo, no hay duda que pensar en cosas así y meditar sobre lo que otros han pensado, ayuda a comprender lo que pasa en esta aldea global, cada vez más compartida e interrelacionada, que llamamos mundo.

En esa capacidad de autorregularse es donde creo yo que reside el valor diferenciador, incuestionable valor, de la democracia. La libertad y el derecho, la igualdad ante la ley y la solidaridad, que ya estaban desde tiempos ancestrales en el humanismo cristiano, se convirtieron en referencias populares con la revolución burguesa por excelencia, la Revolución Francesa –que mañana cumplirá años− y en su lema: libertad, igualdad y fraternidad. 


Ningún otro sistema político podría asumir sin reservas la vigencia de esos términos sin bastardearlos, como hacen las derivaciones del marxismo y los movimientos asamblearios. De hecho, el socialismo –una de esas derivaciones marxistas− se empezó a apellidar democrático, convirtiéndose en socialdemocracia, cuando anunció el abandono de las raíces ideológicas que lo inspiraron.

La democracia, no sólo se autorregula sino que se retroalimenta. Se perfecciona constituyendo una clase que ostenta la representación del colectivo, con completa legitimidad y durante un tiempo limitado; lo que permite su renovación periódica permanente. Esa clase perfecciona su tarea en el ejercicio, se forma y se hace a sí misma. Por eso las llamadas primarias, son una trampa; son el recurso a la ignorancia y a la inexperiencia del colectivo para utilizarlo como instrumento de una determinada estrategia en los enfrentamientos internos. 

Que los partidos –y cualquier otro sistema de representación− acaban constituyendo oligarquías, es cosa sabida e inevitable; las plataformas de representantes asumen enseguida, para su funcionalidad y eficiencia, un comportamiento que las convierte en pequeñas oligarquías. "Tanto en autocracia como en democracia siempre gobernará una minoría" escribió el gran politólogo Robert Michels (“Los partidos políticos”, Amorrortu) hace más de cien años.