13 julio 2017

LGTBI o la dominación del concepto. El caso de la familia

Editorial
Forum Libertas

Nadie como la ideología Gender y su vástago, las identidades LGTBI, se esfuerzan tanto en dominar el concepto, en redefinir el sentido de las palabras, de manera que, sin cambiarlas pasen a ser un vector de esta ideología.

Es el caso de la familia. Pero ¿qué es la familia? Intuitivamente parecía muy evidente, unos hijos, una mujer, los abuelos.. El derecho consuetudinario, el único que nos defiende de la invención arbitraria y del control político, también era evidente, porque recogía las consecuencias del fundamento de la antropología humana. Pero las leyes sobre el matrimonio homosexual y la adopción, los desarrollos legales a los que ha dado pie y sobre todo la alquimia Gender LGTBI han cambiado las cosas. 


Ahora, los partidos políticos de este país tienden a definir la familia en estos términos: “La familia es núcleo básico de convivencia y trasmisión de valores, donde las personas pueden desarrollar su afectividad y su proyecto vital”

En una lectura superficial la frase queda bonita, utiliza todos los conceptos políticamente correctos “convivencia”, “trasmisión de valores”, “afectividad”, “proyecto vital”. Pero ¿esto nos define realmente una familia? ¿Dónde quedan el hombre y la mujer, los hijos, que son su único fundamento? No existen. No existen porque es una definición construida para que la relación homosexual quepa dentro del concepto de familia. 

Forma parte de lo que llamamos homosexualismo político, la ideología LGTBI, cuyo fin es modificar todas las instituciones en función de sus necesidades específicas, y no en función de lo que en realidad son y de su cometido. Es tan evidente el engaño que solo hace falta -como siempre- detenerse un momento en la definición. En ella tanto se englobaría una comunidad religiosa, como un grupo de amigos, un colectivo “Okupa”, en definitiva, todo grupo de personas ligadas por vínculos afectivos de convivencia y de proyecto de vida común; allí cabe todo; hasta una compañía de la Legión. 

Toda esta definición que es la estándar que coloca la doctrina Gender LGTBI, omite lo que es decisivo. La familia es en su origen la unión de un hombre y una mujer con un compromiso mutuo y público (el matrimonio) con el fin de generar descendencia y educarla en términos de su socialización. La familia se define por una relación de consanguinidad, que amplía, por vínculos contractuales civiles o religiosos, para generar una nueva familia.

Allí donde aparezca una definición de aquel tenor, donde desaparezca el hombre, la mujer, los hijos, ya sabéis que no solo estáis ante un ejemplo de posverdad, sino ante un caballo de Troya del Gender LGTBI.

Y aquel troyano ideológico aun lo pueden perfilar más con este tipo de aditamento: “Hoy las familias son plurales y diversas, y todas han de tener los mismos derechos y deberes, porque la realidad social del país ha cambiado y hay que adaptarse a las nuevas realidades, especialmente los políticos, que hemos de dar respuesta a todos sin discriminar a nadie”
Una vez más el juego de la confusión combinado con el lenguaje políticamente correcto, para que no exista la familia normativa, y esta quede en una nebulosa de fórmulas emparentada con la homosexual.

Para empezar, la monoparental no es un modelo diferente de familia, sino el resultado de la quiebra de una de ellas, que no es lo mismo. Nadie, si no es forzado a ello, tiene como objetivo en la vida constituir una familia monoparental. Es el resultado de una familia desestructurada, y es la puerta a la pobreza, por ello deben recibir una especial atención, pero no por su condición familiar, sino por su situación social. La familia reconstituida es una familia estándar solo que los dos adultos o uno de ellos se ha unido en segundas nupcias.

Por descontado que las parejas de hecho y de cohabitación no constituyen un “modelo”, y no tienen -es una obviedad jurídica- los mismos derechos y deberes, especialmente las segundas. Son opciones de convivencia fruto de la libertad, pero que no son equiparables a la familia formada bajo un compromiso mutuo que se formaliza en un compromiso ante la comunidad, que esto es el matrimonio. Cada uno tiene el derecho a elegir como quiere vivir, pero los gobiernos, los estados, tienen el deber de identificar e incentivar lo que conviene al bien común.

Y es que el discurso del pluralismo y la diversidad, ya bien tópico, es el concepto utilizado para situar el matrimonio y la adopción homosexual en el mismo plano, y al tiempo crear una confusión en la que no hay una tipología familiar favorable al bien común, cuando es una obviedad que si la hay. Véase por ejemplo Familias y bienestar en Sociedad democráticas Fernando Pliego Carrasco. Y con mayor desarrollo de las causas Una Teoría de la Familia de Josep Miró i Ardevol.

Que los tiempos cambian es una evidencia, y las realidades sociales también, pero ¿esto implica necesariamente la aceptación de todos los cambios por el simple hecho de serlo? Dependerá de la concepción moral y cultural de la que se parta. Ha cambiado la promiscuidad sexual entre adolescentes, el uso social de todo tipo de drogas, los vientres de alquiler, el uso de embriones, el aborto como un derecho fundamental, la desigualdad, la voluntad de independizarse de España. 


Todo esto son algunas de las nuevas realidades sociales entre muchas otras. ¿Esto quiere decir que deben aceptarse simplemente porque son nuevas? ¡Qué argumento tan irracional! ¿Qué nuevas realidades no aceptan? La línea roja la traza la conciencia, no “la nueva realidad”

Todo esto solo conduce a una sociedad sin sentido -lo cual obviamente se paga a un coste elevado. Una sola cuestión lo revela: matrimonio homosexual sí y matrimonio y familia islámica, con cerca de 2000 millones de personas, ¿no? Eso sucede cuando “todo” son modelos de familia, confundiendo esta realidad con la convivencia, bien digna y responsable, pero que es otra cosa.