10 julio 2017

Los “Buenos días” sin respuesta.

Santiago Panizo Orallo
CON MI LUPA

Esta mañana –en la radio Onda Cero, creo- se hablaba de la educación, pero no de esa educación a la que se refieren los políticos cuando preparan sus programas de gobierno o los educadores en general con las aspiraciones a grandes “curriculum vitae” plagados de títulos, de masters, de diplomas por asistencias a congresos y demás zarandajas que se arbitran hoy para dar por hecho sin más que una persona es educada.

Me refiero a otra modalidad de la educación, esa que se llamó “la del saber estar” en el mundo, ganes o pierdas, subas o bajes, toquen las campanas a gloria o a muerto; es decir, la que antecede a las otras y se propone y sabe hacer de un pedazo de carne un pedazo de hombre o de mujer.

Esta mañana se decían dos cosas notorias de esta educación del saber estar con los otros con la misma bondad y respeto con que uno mismo quisiera ser tratado.

La primera, que esta clase de educación sólo puede venir de la familia, porque ni la sociedad ni cualquier otro educador que no sean los padres están dotados por la naturaleza para darla bien; y la segunda, que esta educación –aunque haya quienes la confundan con el servilismo o el espíritu servil -el propio de hombres con vocación de esclavos- no es servilismo sino dignidad humana y algo de amabilidad y respeto con todo el que tenga oficio de hombre y no de marioneta o guiñol.

Babrinka, el gran tenista suizo, demostró ser poco señor de sí mismo, bastante grosero y de muy baja resistencia a las frustraciones –indicador de inmadurez-, al ceder a su natural impulso y tirar contra el suelo la raqueta hasta, no contento con eso, romperla en dos con la rodilla al verse desbordado por Nadal en la final de Roland Garros.

Tengo la invariable costumbre de saludar a la gente, “Buenos días-Buenas tardes”; a los vecinos de la casa al darme con ellos en el portal o en el ascensor. Es costumbre corriente sobre todo en los pueblos pequeños en que todos se conocen y, salvo excepciones que las hay, al encontrarse, aunque se hubieran visto dos horas antes, se saludan como si llevaran dos o tres años sin verse. Saludar, obrar una cortesía, en el autobús o en el metro, al pasear y cruzarse con otros paseantes. 

Generalmente te contestan con otros “Buenos días- Buenas tardes”…. Pero hay quien no lo hace y algunos de los que saludan se dicen a sí mismos: a este no lo vuelvo a saludar. No me convence esta reacción y –al que no me contesta al saludo- lo sigo saludando si me cruzo con él al día siguiente y a los 15 días lo vuelvo a saludar aunque él siga sin a responder al saludo. 

Lo hago por una sencilla razón: porque el “otro” a quien saludo sea imbécil o gilipollas ¿he de serlo yo también? Ser digno y respetuoso o zafio y maleducado es cosa mía; lo que sea o haga ese “otro” con sus maneras allá él con su dignidad o zafiedad. Si hago lo que él hace, seré tan zafio y grosero como lo es él, y a mi, sinceramente, no me compensa ni ser grosero ni zafio.

Otra cosa es que la educación sea servil o apocada. “Lo cortés –se dice- no quita lo valiente”: si después de cantarle las cuarenta o decirle las verdades del barquero, le saludas, le pides disculpas y le das la mano, lo normal es que se rechace la mano tendida. 

 Y, sin embargo, eso, más que deshonra, es timbre de gloria para ti y baldón para quien, tendiéndole la mano, la rechaza. En psiquiatría, tal actitud puede recibir varios nombres. Y, sobre todo, quien cierra las puertas a la verdad” que se le presenta o dice lealmente muestra tener poco o nulo aprecio a la verdad; y demuestra ser más psicópata o narcisista que tío normal.

Es pensar de mi tierra berciana que, como dar los buenos días o las buenas tardes es barato porque no cuesta dinero ni engorda, quien lo niega y no saluda, o no responde al saludo, tiene más hechura de invertebrado que de “homo sapiens” o “erectus”.

Puedo decir sin pecar de narcisista o pedante que nunca en mi vida he tirado los puentes después de pasar por ellos. Y no por otra cosa que por cautela, por si tuviera necesidad de volver a pasar por ellos al ten er que volverme de mis pasos. Aunque haya otras mejores o más elevadas ¿no es una buena razón?